Una historia real. España, años 40

Elvira Q.

la primera comunionHoy voy a contaros una historia que ocurrió realmente, me la contó una vecina, una señora de unos setenta años, y es que las vecinas son una fuente de inspiración si se las sabe escuchar, una historia que probablemente recuerden todos los viejos del lugar, un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, y que merece la pena que no caiga en el olvido.

Como os iba diciendo, me cuenta mi vecina que el día más feliz de su vida fue el día de su primera comunión, no pudo dormir en toda la noche de la emoción, no desayunó, en aquella época no sólo no se podía comer nada, ni siquiera beber agua antes de comulgar, la vistieron entre su madre y una tía, un precioso vestido blanco de organdí, lleno de jaretas, lazos y entredoses, hecho en casa, con una enagua almidonada y encañonada para que tuviera vuelo. Su tía le dio los últimos retoques a los tirabuzones con una tenacilla caliente y le colocaron un velo blanco casi hasta los pies, herencia de familia.

Cuando ya estaba casi lista, zapato y calcetín blancos, limosnera, guantes y misal en mano y un rosarito de nácar, regalo de su abuela, llegó un tío, al que se le había ocurrido una gran idea, y le colocó una coronita de flores blancas, entrelazadas con bombillitas de un árbol de navidad. Había discurrido un mecanismo: unos cables conectaban las bombillas a unas pilas y a un interruptor, los cables pasaban por la manga y el interruptor quedaba oculto por uno de los guantes. Así las bombillitas, una vez funcionando, como en los árboles de navidad, se encendían y apagaban alternativamente. Su tío le encomendó que las encendiera en el momento de mayor gloria, la Comunión.

Entraron las niñas en fila de a dos a la iglesia, atravesando la plaza del pueblo, se sentaron en dos bancos, en la primera fila frente al altar. Tras la Consagración, el sacerdote comulgó y luego cogiendo un copón de hostias consagradas descendió hasta el primer peldaño mientras las niñas en una fila ordenada se acercaban a tomar la comunión. Cuando le llegó el turno, encendió todas las luces. La cara de estupefacción del cura, y la de todos los presentes, a los que ella no vio, contrastaba con la sonrisa de felicidad de oreja a oreja de la niña. El cura le espetó: “¡apaga eso!”. La niña hizo un mohín, pero apagó las bombillas con cara de desaliento.

A la salida de la iglesia, los chavales del pueblo la apedrearon, se armó un revuelo en el que intervinieron familiares de uno y otro bando, y ella, orgullosa, encendió sus bombillas y bien erguida se encaminó a su casa, donde la esperaba un desayuno de primera comunión: chocolate con suizos y picatostes.

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