Once virtudes de un ser querido

Arek Janaper.

Referente para Armonizar Relaciones Interpersonales.
Cese de la Violencia de Género.

¿Se podría hablar de cualidades que caracterizan a la mujer canaria, y por extensión, al arquetipo de mujer universal y del ser humano? —En tiempos lamentables de violencia de género, que sí o sí debe cesar y quedar en el pasado, quizá sea sugerente las siguientes reflexiones a continuación.

Recientemente falleció un ser allegado por causas naturales. Vivió una relación de pareja de esas que “duran, duran y duran”, (como reclamaba un anuncio de pilas alcalinas). Compartió 8 años de noviazgo y 67 de casada.

Madre de cinco hijos (primas y primos por el lado maternal), concibió la primera en Venezuela que nació en Las Islas Canarias, trayéndosela en el vientre, como si de un regalo se tratara después de años en aquel país, conocido éste como “la octava isla”, de tantos isleños que vivieron allí.

«…Muchos emigraron y la humanidad lo sigue haciendo en la actualidad en busca de “un algo más”. Y quizá acabamos descubriendo después de realizar nuestra hazaña, que lo que realmente añorábamos lo encontramos dentro de nosotros mismos».

Es difícil de consolar la ausencia de un ser querido en el clan. Y más aún, tratándose de un referente dotado de virtudes extraordinarias latentes en todos. Comenzaré por enumerar alguna de esas virtudes un tanto femeninas, (también extrapolables al hombre y seres humanos), que observaba en ella. —supongo que muchos nos percatábamos que las transmitía a su alrededor.

Conviene matizar antes que nada (y aunque suene obvio), que quizá, “no sea lo mismo haber nacido en el siglo XX, que hacerlo en XXI”. Posiblemente, en el precedente, no se podía hablar tan abiertamente de cualquier tema. “Tú quédate calladito”, —parece que aún resuena en la mente del colectivo.

«”Y en el silencio se anhela expresar lo que siente el corazón”. Eran tiempos con un contexto cultural, político y social diferente, siendo muy positivo y necesario que la humanidad siga evolucionando en su conjunto».

Aparte de saber llevar las responsabilidades cotidianas, de hijas o hijos a su temprana edad, incluso las de los demás sin necesidad, llegando también a gestionar emociones que no le pertenecen a uno mismo, de conocidos, enfermos que atendía o emociones de personas que quizá no aprendieron a gestionarlas, se pone sobre relieve la primera de las virtudes: la prudencia.

Con ella, aprendemos a encontrar el momento propicio. Por tanto, nos conduce a la discreción, tener diplomacia, crear vínculos de confianza, y también, a confiar en los demás.
Se evita la crítica gratuita o hablar por hablar. Aprendemos a no ser reactivos (sin olvidar las redes sociales). Consolamos escuchando más que hablando y aprendemos también a escucharnos en primer lugar. De esta manera se desdibuja una segunda virtud: la paciencia.
Resulta paradójico que cuando cualquiera es vetado ante una injustica o ante lo que quiera que ocurra “ahí afuera”, se acaba renunciando en parte a ser partícipe del conflicto externo. Al hacerlo, es probable que se obtenga la maestría en otra de las virtudes fundamentales: el arte de conservar la paz interior.

En consecuencia, se aprende a abordar cualquier problema desde un estado de calma, (y así es como también me lo hacía saber recientemente un amigo y terapeuta internacional que guarda afinidad con la cultura ancestral tibetana).

A decir verdad, no es fácil tratar de ser prudentes, pacientes y a la vez, conservar la paz en situaciones adversas y cotidianas. Por lo tanto, si avanzamos un poquito más, descubrimos una cualidad del ser humano que considero importante, que con ella, se nos muestra la virtud de confiar en la fuerza interior.

«En momentos difíciles, hay que tener mucha entereza para ser cómplice en silencio de la paz, conservando la templanza y evitar reaccionar de forma desmedida o visceral».

Es por ello, que ante cualquier situación inesperada, se deja entrever otra de las grandes virtudes: la esperanza. —O en otras palabras: conservar el optimismo. Es decir: “dejar de ver el vaso medio vacío, para verlo medio lleno”, (como se suele decir).

O fijarse más en las virtudes de los demás y no tanto en los aspectos a mejorar. Así aprendemos a vivir desde la aceptación, aunque hayan pasado años y años en una relación. Nos orientamos más hacia la neutralidad, y se nos representa como otra de las virtudes: la humildad.

—Pasado el ecuador de esta empresa en describir once virtudes… ¡Qué sería entonces de nosotros si no nos acompañara otra de esas virtudes fundamentales!

La gracia. Ese sentimiento que confiere gratitud a todo lo que nos rodea. Por poco que sea, debe haber numerosas cosas en esta vida por las que sentimos agradecimiento. Podría ser “el respirar, beber agua, caminar en la naturaleza…”, o lo que quiera que sugiera una sensación de agrado por el mero hecho de estar vivo y disfrutando de este momento.

«Lo cierto es que cada uno de nosotros debe llenarse su propia taza de felicidad. Así estaremos en un mejor lugar para entablar relaciones armónicas. Pero sin duda, la primera relación a nutrir comienza en una y uno mismo, tanto como nutres las demás».

Y quizá, de la mano de la gracia, viene el buen humor. Es como si una y uno estuvieran bendecidos en esta existencia. Sonreír. Caer en el corazón y dejar a un lado los pensamientos incontrolados que amenazan como lanzas nuestra felicidad. Tarea que conduce a convertirnos en seres que describe otra virtud: La afabilidad.

…Y es que el ser afable transmite una especie de bondad incondicional, que por su naturaleza, se predispone a prestar un servicio altruista hacia las personas de su entorno; sin pedir nada a cambio. Así es como se nos revela otra de las virtudes a tener presentes: El servicio. El ser servicial. Pero recordemos: «”si ante su presencia parece que todo se deshiele”, ten en cuentan que también tienen un límite. También son humanos».

De esta forma, llegamos a la undécima, —y no por ello, la menos importante de todas ellas virtudes por igual. No sería de extrañar que el ser humano sea bondadoso por naturaleza, por las acciones que lo representen y por el servicio que preste a lo demás, incluso en su trabajo. Es una cuestión de compromiso hacia una y uno mismo. Así nos encontramos con la bondad.
De esta forma, no quiero despedirme sin dejar unas líneas que inspiran un ser, que aparentemente se fue, pero que su conciencia sigue viviendo entre nosotros…

11 VIRTUDES DE UN SER QUERIDO

ONCE VIRTUDES DE UN SER QUERIDO…
La prudencia, la paciencia, el arte de conservar la paz interior, confianza en la fuerza interior, la esperanza, la humildad, la gracia, el buen humor, la afabilidad, el servicio y la bondad.

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