Ocho apellidos vascos, percepción y piratería

Jaime Fa de Lucas.

ocho apellidos vascosNo creo que el director Emilio Martínez-Lázaro esperara que Ocho apellidos vascos se convirtiera en la película española más taquillera de la historia –más de 50 millones de euros– después de Los otros de Amenábar –alrededor de 200 millones–. Y digo esto porque la película orbita alrededor de las mismas fórmulas que hemos visto cientos de veces en la pantalla. No hay ningún destello de calidad que la sitúe, a nivel artístico, por encima de sus compañeras nacionales. Aquí es donde surge la pregunta: ¿por qué la gente acude al cine en masa para ver este largometraje? Sin reflexionar demasiado, dos razones salen inmediatamente a la palestra: la campaña de marketing y el boca a boca.

Las estrategias mercadotécnicas han estado muy bien trazadas, con carteles por las ciudades más importantes y un buen empujón mediático, pero me gustaría centrarme en el boca a boca ya que éste depende directamente del gusto de los espectadores y en definitiva, creo que es el factor desequilibrante. ¿Por qué la gente recomienda Ocho apellidos vascos? ¿Qué la hace tan especial? Argumentalmente no es gran cosa, con ese enamoramiento repentino –poco creíble– y ese colocar al andaluz en un pueblo vasco y que se tenga que hacer pasar por local –personaje desplazado a un lugar hostil–, llegando a liderar un grupo independentista, entre otras excentricidades. El desarrollo de la historia, aparte de escudarse en la ingenuidad de los personajes, tiene un ritmo un tanto desacompasado, apenas se desarrollan las emociones de los protagonistas y sus actos parecen algo forzados o convenientes para responder al guión. La fotografía es infame, llegando al culmen del despropósito con algún plano panorámico de Sevilla –cámara en grúa– en el que la imagen se tambalea. Está claro que es una película sin pretensiones artísticas, que simplemente intenta entretener y hacer reír, pero es que el humor tampoco es para tanto y menos cuando está basado en la exageración de tópicos y estereotipos que podemos encontrar en los chistes que se oyen en cualquier taberna.

Si ésta es la película nacional más taquillera –más popular– de los últimos tiempos, España debería hacerse algunas preguntas, aunque sin quererlo, ya nos salpican en la cara algunas respuestas incómodas. Por ejemplo, que la capacidad de percepción y de establecer conexiones entre diferentes elementos de la vida cotidiana es muy escasa en nuestro territorio, puesto que esta película se alimenta de tópicos, estereotipos y fórmulas muy trilladas. Aunque probablemente toda la culpa sea de la mentalidad conservadora y de ese abrazo a todo aquello que se conoce, que se controla, saboreando lo estándar y su repetición, el tópico y el cliché, con una mirada que sonríe al reencontrarse con lo manido porque permite una identificación fácil. Tampoco estamos diciendo nada nuevo, lo que aborda espacios comunes siempre suele agradar a más gente, es la enfermedad de la época.

Después de este éxito en taquilla queda demostrado que una película mediocre, explotando la fórmula [marketing + boca a boca], puede llenarse los bolsillos. Entonces… ¿tanto perjudica la piratería? Si tanto daño hace, cómo es posible que una película recaude tanto dinero… El truco está en que una obra, para que alguien se interese en piratearla o descargarla, primero tiene que ser conocida, y en ese trayecto de visibilización, siempre recauda algo. Es decir, muy pocas películas desconocidas están disponibles para descargar –por poner un ejemplo nacional, The Juan Bushwick Diaries de David Gutiérrez Camps, estrenada hace poco, no habrá recaudado gran cosa y tampoco está disponible para descargar–. En este sentido, rara vez la piratería le arrebata millones de euros a una película que no los ha recaudado previamente.

Bajo mi punto de vista, hay algo peor que la piratería: la incapacidad artística que desencadena cierto éxito. Como si fuera un doppelgänger de la piratería pero que actúa en otra dirección. Si la primera evita pagar para ver una película, ésta recibe dinero y aplausos por generar, no ya un film de calidad, sino un producto de consumo. ¿Qué nombre tiene eso? Quizás las motivaciones originales del director no sean éstas, pero hay que ser muy corto de miras para no saber en qué lugar se posiciona una creación propia. Así, a pesar de las hipotéticas pérdidas causadas por la piratería, el mayor perjuicio lo sufre el arte, pues tenemos que soportar que Ocho apellidos vascos, gracias a su habilidad mercantil, esté más de un mes en cartelera mientras que películas de la talla de Oh Boy duren una semana. Al final los que menos se quejan sobre la piratería son los verdaderos artistas, pues para ellos lo importante no sucede en el plano económico sino en el temporal, ya que aspiran a la inmortalidad.

2 Comments en Ocho apellidos vascos, percepción y piratería

  1. Vale. Quizás sea una pelicula de clase B pero reconoceras que por lo menos te ries.

  2. Me he enterado. Está clarísimo tu artículo. Yo llego a pensar…si el piratéo les está haciendo un favor, en el fondo…como otro medio más de marketing. O quizá volvamos a los rodajes en “Almería” de los que duraban un més, para cubrir expediente…

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