Las dioxinas

Carmen de Lucas Vallejo.

Internet ha generado una revolución en la comunicación y búsqueda de la información. Sin embargo, hay quienes, abusando de la libertad que ofrece, hacen publicidad o intentan entorpecer la labor de otras compañías en la red, valiéndose de diversas estrategias. Ejemplo de esto son los “mensajes en cadena”, conocidos como spam o correo basura, que llegan a nosotros, sin haberlos solicitado, a través de una persona que nos los reenvía de buena fe. Su presencia parece insignificante, pero al multiplicarse generan un problema: 20% de los correos electrónicos que se emiten son spam y ocasionan pérdida de tiempo y saturación de la red y servidores, sin olvidar que favorecen la propagación de virus. Estos envíos tienen la intención de que los difundas entre tus contactos y reveles sus direcciones electrónicas, que serán rastreadas para, por ejemplo, enviarles publicidad, debido a todo esto es importante desconfiar de todo mensaje que pida ser reenviado.

Además, el correo basura permite propagar información distorsionada o sin fundamento que genera pánico. Tal es el caso de mensajes que hablan del riesgo de usar envases de plástico para almacenar agua o calentar alimentos en el horno de microondas, ya que esto podría generar el desprendimiento de sustancias que ocasionan cáncer.

Lo que se afirma puede resumirse en los siguientes puntos: Al utilizar el horno de microondas para calentar alimentos dentro de un recipiente de plástico, se genera vapor con dioxina, que es carcinógena y altamente tóxica para las células del cuerpo humano. Tapar los alimentos con plástico (papel film), práctica común para evitar que salte líquido o grasa y se ensucie el horno, es factor de riesgo porque cuando está muy caliente, caen  gotas cargadas de toxinas sobre la comida. Alimentos preparados, congelados e instantáneos deben sacarse de su envoltorio original y calentarse en otro recipiente. Por último, en algunas versiones también se dice que introducir botellas de agua en el refrigerador libera la dioxina del plástico y, por tanto, ocasiona su consumo.

En realidad, las dioxinas son un grupo químico formado por más de doscientos compuestos derivados de clorhidratos de benceno, se pueden agrupar en dibenzodioxinas policloradas (PCDD), 17 de las cuales se consideran tóxicas, y dibenzofuranos policlorados (PCDF).

untitledLas dioxinas jamás han tenido uso práctico, puesto que siempre ha quedado claro que se trata de compuestos potencialmente tóxicos y cuyas moléculas pueden durar varios años sin sufrir cambio (no son biodegradables). Sin embargo, se generan de forma no intencionada en los procesos de combustión o incineración, como cuando se queman basura y residuos hospitalarios, al utilizar combustibles fósiles (carbón, petróleo, gasolinas y gas natural); en presencia de cloro, como al fabricar papel (para hacerlo más blanco), también se forman cuando se destruyen las moléculas de sustancias con cloro empleadas en el combate de plantas nocivas (herbicidas), hongos (fungicidas) y microorganismos (desinfectantes); así como cuando se desintegran compuestos químicos pertenecientes a la familia de los bifenilos policlorados (PCB), que fueron muy utilizados en la fabricación de aislantes eléctricos, pinturas, adhesivos, lubricantes industriales y papel carbón, de 1930 a 1970; y en procesos de combustión incompleta de materia orgánica; por ejemplo, cuando se quema un bosque.

El uso de PCB (y de dioxinas) está restringido fuertemente en nuestros días, las mayores producciones de dioxinas son provocadas por las incineraciones que realiza el hombre con la quema de residuos. A través de las emisiones atmosféricas, la deposición en suelos, plantas y a través del agua llegan al entorno, aunque en pequeñas dosis, y entran en la cadena alimentaria al ser asimiladas por los animales, que las concentran en sus grasas. Al alimentarnos de estas grasas, es cuando pasan a nuestro cuerpo y adquirimos el riesgo cancerígeno. Así pues, la principal vía de exposición de las personas a las dioxinas es a través de la dieta.

El correo que advierte sobre el uso de microondas parecería estar en lo cierto si se considera la peligrosidad de estos compuestos químicos, pero la información es parcial. En primer lugar, cabe indicar que aunque el calor del microondas pudiera liberar algunas dioxinas en ciertos envases de plástico, no todas son dañinas, aunque para evitar cualquier duda, ya que no hay pruebas científicas para hacer afirmaciones más categóricas, se aconseja utilizar envases de vidrio y cerámica, y sólo envases de plástico diseñados para el microondas. Y respecto a que el almacenamiento de agua y líquidos en botellas de plástico favorece el consumo de dioxinas, es posible que este rumor se deba a la teoría cada vez más en entredicho de que el PVC, utilizado en este tipo de productos, es uno de los materiales que posee más dioxinas policloradas o, al menos, que es uno de los que al ser incinerado arroja más de dichos contaminantes al ambiente. Varios argumentos han echado por tierra dicha acusación, pero quizás el más sólido es el que indica que la sangre para transfusión se almacena en bolsas de PVC desde hace mucho tiempo y no ha supuesto riesgo alguno. Además, el PET o (tereftalato de polietileno) de las botellas de agua y los plásticos en general, no contiene dioxinas. No forman parte de este material, ni como ingrediente, ni como aditivo y la congelación no es un proceso que genere dioxinas.
El verdadero riesgo se ha documentado gracias a observaciones hechas en laboratorio y en estudios ocasionales de personas que han sido expuestas a cantidades masivas de forma accidental. Esto ha permitido establecer sistemas de medición cada vez más eficientes en ecosistemas e individuos, a fin de conocer la propagación de las dioxinas y el modo en que se distribuyen, así como crear escalas que permiten medir su toxicidad. Los resultados, de momento, no indican que el uso del microondas tenga riesgo alguno, pero proporcionan cifras que pudieran ser más desalentadoras, ya que ahora sabemos que cerca del 90% de nuestra exposición a las dioxinas se debe ni más ni menos a nuestros alimentos. En efecto, todo cuanto comemos, incluso la leche materna, incluye al menos un mínimo porcentaje de estas sustancias, si bien se sabe que son más abundantes en productos con mucha grasa (recordemos que tienden a acumularse ahí). Cabe mencionar que las dioxinas pueden producir gran cantidad de efectos adversos en la salud cuando su concentración es alta, ya que son responsables de infertilidad, bajo desarrollo infantil, debilitamiento del sistema inmunológico, cloracné (enfermedad de la piel, similar al acné, que persiste durante años) y mayor propensión a sufrir cáncer. Las propuestas para disminuir el consumo de dioxinas son muy concretas y se basan en el control de calidad de los productos que pudieran contener una mayor concentración, entre ellos, carnes, pescados, moluscos, aves, huevos y leche, sin descontar que muchos países disponen de tablas publicadas periódicamente por los sistemas de sanidad que señalan cuál es el grado de contaminación de los alimentos, para que los consumidores puedan elegir los que poseen índices de toxicidad más bajos.

 

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