Elements of Vogue. Un caso de estudio de performance radical.

Elvira Q.

Los cuerpos son el agente de la historia, tanto como su resultado. Los cuerpos son historia hecha carne, aunque también la primera herramienta a nuestro alcance para interpretar el pasado, el presente y el futuro. La historia es una secuencia coreográfica de gestos que nos vuelven legibles a los demás. Cada gesto es un eslabón en una cadena que liga a los sujetos a un género, raza y clase social. Los gestos se solidifican en identidades. Identidades que se naturalizan a través de la repetición sistemática de gestos idénticos. Y sin embargo, una pose es algo más. Posar significa tomar consciencia de cómo los cuerpos hacen la historia. Hacer una pose es lanzar una amenaza, como ya señaló Dick Hebdige en relación al significado del estilo en las subculturas juveniles. Por eso es importante trazar la historia de los gestos disidentes. Reconstruir la genealogía de aquellas poses que han sido lo suficientemente audaces para confrontar la norma. Esta modalidad de performance puede ser descrita como radical, porque abre un espacio para imaginar otros cuerpos y futuros posibles. En la performance radical se invocan subjetividades para las que aún no existe nombre y coreografías sociales todavía por venir.

Imagen: Gerard H. Gaskin, Legendary Stewart, State Ball Harlem, N.Y., 1998.Cortesía del artista

Imagen: Gerard H. Gaskin, Legendary Stewart, State Ball Harlem, N.Y., 1998. Cortesía del artista

Esta noción de performance radical es lo que define al vogue, una cultura popular que se despliega en torno a desfiles transgénero y espectaculares batallas de baile entre reinas negras y latinas. El vogue es una forma de baile urbano, desafiante y queer, cuyas raíces se hunden en la historia de la comunidad LGTB afroamericana. Este baile se inspira en las poses de las revistas de moda, apropiándose del imaginario elitista de la alta costura, a la vez que adopta el vocabulario de los jeroglíficos egipcios, las artes marciales asiáticas o el afrofuturismo. Una alucinación transgénero y multicultural que convierte la estética del vogue en el emblema de una escena alternativa, fieramente underground. Nos referimos a la escena ballroom. Una comunidad que eclosiona en el Nueva York de los años ochenta en respuesta a la crisis del sida, pero cuya historia atraviesa un siglo de frágiles coaliciones entre sujetos minoritarios que la cultura dominante ha relegado una y otra vez a los márgenes, encarcelado, patologizado y castigado a lo largo de la modernidad. En las poses estilizadas del vogue, las manos del bailarín hacen algo más que dibujar figuras en el aire. Esas poses transcriben corporalmente una historia de resiliencia y de luchas culturales que se remonta a los años veinte y a los primeros bailes multitudinarios durante el Renacimiento de Harlem. Hoy la cultura ballroom, con sus elaboradas reglas, estéticas y formas de organización social, continúa siendo un lugar donde se articula la presencia de cuerpos disidentes en lo que constituye un caso de estudio de performance radical.

Esta exposición investiga cómo las minorías utilizan sus cuerpos para inventar formas disidentes de belleza, subjetividad y deseo. Se trata de poéticas y políticas minoritarias que representan una amenaza a ojos del mundo norma tivo, aunque al mismo tiempo son ansiadas por la cultura dominante (basta con pensar en la explotación del vogue por parte de artistas como Madonna). Naturalmente, sería imposible ofrecer un retrato fijo de un mundo tan complejo y cambiante como la escena ballroom. En lugar de ello, la exposición se adentra en una historia política del cuerpo para rastrear aquellos debates, conflictos y guerras culturales que convergen en la aparición del vogue, buscando sus ecos y resonancias en la historia de la performance y la cultura popular afrodescendiente. Desde esta óptica, el vogue se revela como un caso de estudio para comprender la emergencia de la performance radical y su capacidad para articular nuevos imaginarios sociales.

El recorrido se inicia en la segunda planta con un conjunto de obras, documentos y acciones en el espacio público que responden a una necesidad histórica de conjurar la muerte —tanto física como social— inventando colectivamente nuevas formas de duelo y militancia. La muerte es omnipresente en la cultura ballroom. Basta con recordar el impacto desproporcionado que la epidemia del sida ha tenido entre la población negra y racializada. Pero también el racismo institucional, la segregación o la encarcelación masiva han constituido históricamente formas de muerte social. En un vídeo rescatado de Twitter, bailarines de vogue ocupan las calles del Soho londinense durante una vigilia por las víctimas de la masacre de Orlando. En otra imagen, caramelos y siluetas dibujadas con tiza sobre el pavimento de Washington D.C. rememoran el asesinato del joven afroamericano Trayvon Martin. Asistimos a la creación de nuevos rituales para mantener vivo el legado de quienes nos dejan antes de tiempo.

 

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