El violín de Nicolás

Carmen Berruti.

violinNicolás es un niño muy agradable de físico. Su pelo, sin ser rizado, tiene un moldeado natural que le enmarca su carita semi redonda en la que resaltan unos ojos de color indefinido, ya que según los reflejos que reciben, así brillan. Pueden pasar del verde mar al verde grisáceo o azul verdoso. Los rodean unas pobladas pestañas, largas y rizadas que hacen pensar en la pureza que pueda tener su corazón, si es que es verdad que los ojos son el espejo del alma. Un niño, como es natural a la edad de nueve años, traviesillo y alegre, incluso tozudillo cuando no le salen las cosas como él quiere y caprichosillo; pero a pesar de esos “illos” es un gran  muchacho.

A Nicolás nos lo encontramos hoy sentado bajo la sombra de una acacia de grueso tronco que la define como “vieja acacia”; bajo cuya sombra él ha pasado ratos verdaderamente divertidos; unas veces leyendo bonitos cuentos o historietas, otras jugando con sus canicas de cristal y colorines, otras con sus cromos junto con sus amiguitos, con los cuales siempre tiene, llamémoslo discusiones, ya que todos quieren ganar la canica del mismo color o el cromo que siempre les falta para completar su colección.

Así vive Nicolás, hasta ahora, los veranos en la casa solariega de sus abuelos hasta que empieza el curso escolar y con desgana tiene que marchar para la ciudad. Le quedan los recuerdos, los mismos de su abuela, bromista ella, de carácter alegre y dulce, con la cual tiene un pacto: las comiditas que le pide y pasarle por alto la ampliación del horario para retirarse a su habitación, con la consiguiente desesperación de su mamá que se siente incapaz de ejercer su autoridad ante barreras tan fuertes como las que forman abuela y nieto. Pero sobre todo su abuelo. ¡Eso era palabra mayor! ¡¡Su abuelo!! ¡Él era su espejo! ¡Él era su amigo! ¡Él era su confidente! Él era su… ¡todo! Su espalda recostada en el tronco de la vieja acacia que, según le había contado su abuelo, fue quien, a la edad que hoy tiene Nicolás, la había plantado bajo los consejos de su padre (bisabuelo de Nicolás) con objeto de que diera una buena sombra en sitio tan indicado, cuando creciera. Y con la espalda recostada sobre el gran tronco, sus manos juguetean con unas canicas de cristal que al rozar unas con otras producen un tintineo que en lugar tan silencioso adquieren sonidos casi musicales.

Pero Nicolás está triste y sus hermosos ojos tienen un brillo especial, casi de llanto (de llanto contenido) para demostrarse a sí mismo que tiene que ser fuerte. Por ley de vida, su querido abuelo ya marchó hacia ese viaje sin retorno, de una manera tranquila y dulce, aprovechando el momento del sueño de la siestecilla de verano, bajo el fresquito del porche. ¡Su abuelo se fue! Y él se pregunta ¿hacia dónde? ¿Estará cerca? ¿Será aquella nubecilla su alma? ¿O será aquella estrella que tanto brilla por la noche y desde la ventana de su habitación contempla?

Ve a su abuela sentada en la mecedora con un libro entre las manos, semi cerrado, y sus ojos fijos en el infinito y ve que sus labios se mueven en silencio y piensa que será alguna plegaria mandada en pos de aquel ser que con ella tanto tiempo compartió. El tintineo de las canicas le suena de manera especial, casi a melodía. Eso le hace  recordar el viejo violín que su abuelo, sin ser un virtuoso, hacía sonar en algún momento del día, especialmente al atardecer y que a Nicolás le sonaba tan bien.

Sus pasos se dirigen hacia la biblioteca. En ella hay un armario que él abre y ahí está el violín, tal como lo habían dejado sus manos, ya inertes, que dos atardeceres antes lo habían hecho sonar. De manera pausada sacan sus manos el violín de su funda, lo acarician y al hacerlo, siente como si la mano de su abuelo se posara sobre su cabeza, de esa manera tan característica que él tenía de hacerlo, que al mismo tiempo le alborotaba el pelo. Al rozar sus dedos las cuerdas suenan y le hacen recordar cuando su abuelo lo afinaba. En momento tan emotivo lo acerca a su pecho y al sentir su contacto tiene un impulso y lo aprieta, lo aprieta junto a él, como algo suyo, como algo nunca sentido, con ansia de saber expresar, valiéndose de esas cuatro cuerdas y un arco, todos sus sentimientos, todas sus sensaciones, todas las inquietudes que sentía y que hasta ahora nunca había sabido expresar. Y toma la decisión más grande de su vida.

En ese curso que empieza se matrícula en el conservatorio. Descubren en él unas aptitudes especiales para la música. Estudia y estudia ese instrumento tan difícil y tan árido al principio y tan dulce después de dominarlo. En las horas bajas piensa en su abuelo y vuelve a coger el violín y al hacerlo siente tanta fuerza que estudia de manera incansable, y con ese ahínco termina su carrera con gran calificación.

Hoy es un virtuoso solista, solicitado por las mejores orquestas y grandes directores para recreo de muchos melómanos. En el tiempo que le dejan libre sus compromisos profesionales, vuelve a ese rincón que tantos recuerdos le trae y refugiándose debajo de la frondosa acacia de grueso tronco, eleva sus ojos al infinito y pronuncia: ¡Gracias Abuelo!

1 Comentario en El violín de Nicolás

  1. Snif…Muy boniiiitooooo…..!!!

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.

*