El cuenco del tiempo

Elena Baeza Berruti.

images643Z3RMC      Hoy 13 de febrero de 2015.

Esta vez y sin que sirva de precedente les voy a contar algo de mí.

Tal día como hoy, 13 (y no 14) de febrero, de hace (si no calculo mal) unos 20 años, el que hoy es mi adorado marido, mi compañero en lo bueno y en lo malo… me convenció de su amor (que con el tiempo solo hace que reafirmarse y crecer) hacia mi persona, y provocó mi reacción: nos dimos  uno de los más dulces besos que nos hemos dedicado desde entonces.

Nos acompañaban un piano y un gorrión volandero llamado Benito que era huésped del “Café de Oriente”, en frente del palacio del mismo nombre, al que se accede por la emblemática plaza a donde se llega por la calle Arenal desde La Puerta del Sol (en Madrid, como ya habrán supuesto…)

Benito estuvo mucho tiempo alojado en el café y tenía su rincón desde donde observar a los clientes y sus historias, encima del piano (en un aplique antiguo con forma de angelote) cuya alma todavía está viva gracias al pianista que lo acaricia en determinados días y horas.

Benito volaba a ras del techo, divirtiéndonos, pero también e incluso, fuera del recinto, porque el personal le dejaba abierta la puerta de cristal. Benito buscaba pareja cada temporada… o quizá buscara a la misma compañera.

Benito no obstante se pasaba el Invierno bajo techado, y… bien alimentado, porque también son de consideración las tapas y platos que allí se preparan.

Así, buscando a Benito cada vez que volvíamos al café…fue pasando el tiempo y afirmándose nuestra historia.

Un día Benito no estaba… no, no estaba.

Sin embargo descubrimos a una nueva inquilina… una gorriona, igual de feliz y jocosa, que regaló la admiración y absoluta quietud que exhibíamos al mirarla, posándose en nuestra mesa.

También la habían adoptado, según comunicado oficial del Jefe de Sala, y también ella se quedó.

Cuenta la leyenda particular del lugar… que era la amiga incondicional de Benito en los últimos tiempos.

Ahora vamos a verla de vez en cuando, con la misma ilusión que entonces y una pasión más grande (o diferente) en el alma…porque la pasión solo se pierde en quien no sabe ya emocionarse, y aún así el tiempo te lleva de nuevo  a sorprenderte todos los días de lo que tienes, de lo que tuviste… de lo que aún anhelas.

Si no en San Valentín, porque no les haga gracia, tráiganle siempre una ramita de olivo a la persona amada, aleteen, canten, trinen de vez en cuando para hacer saber que están ahí, que siempre estarán ahí, aunque sea para guardar su dulce recuerdo.

Cuando San Valentín se instale en sus maltrechos corazones o en sus jóvenes e intrépidas almas, no permitan que nada ni nadie se lo arrebate, y si no encuentran un amor que merezca la pena, pasen página y sigan buscando… al gorrión que ha de posarse en sus manos.

 

 

1 Comentario en El cuenco del tiempo

  1. Simplemente, me encanta la historia.

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