Desde la mirilla 1

Emilio Puente Segura.

02.30 a.m.

Moisés deambulaba nervioso por su apartamento, sin saber en realidad qué era lo que quería hacer. Seguramente porque cualquier cosa que hiciera, sería la repetición de lo que ya había hecho durante las cuatro madrugadas anteriores. La sensación de déjá-vu era constante. Encendió el enésimo cigarrillo…, en realidad echaba mano del paquete de tabaco cada diez minutos. Teniendo en cuenta que esta noche llevaba camino de ser la quinta  que no dormía nada, un cigarrillo más o menos le traía sin cuidado.

Cinco noches de insomnio, quinientos abdominales, cinco mil idas y venidas al portátil, cincuenta mil aburridos programas de televisión. Volvió a releer sus libros favoritos,  salió alguna noche a correr por el parque, e incluso había malgastado millones de espermatozoides masturbándose  sin ninguna apetencia sexual. Todo en un intento vano y desesperado, dirigido únicamente a caer en los brazos de Morfeo, utilizando para ello el método que fuera necesario. Después de tomarse no sé cuántos somníferos sin éxito, sin ningún tipo de sensación soporífera que le obligase a cerrar los ojos ni durante diez miserables minutos seguidos, aún le quedaba el consuelo de que, al menos, el Orfidal, conseguía el efecto de mantenerlo medianamente tranquilo, alejando la desagradable sensación en el pecho de presión y de ahogo, que le producía la ansiedad, por la desesperación que le generaba el llevar tanto tiempo sin poder dormir. Sin duda es una experiencia, que no hay ser humano que la pueda soportar durante muchas noches seguidas sin volverse loco. Y él estaba a punto.

5Sus pensamientos rondaban tan dispersos y acelerados por su cerebro, que apenas podía concentrarse en ninguno de ellos ni un solo segundo. Sólo deseaba que llegase la mañana siguiente para acudir a la cita de las doce y diez que tenía programada en la Unidad del Sueño del Hospital de Especialidades de la ciudad. A las once vendría a buscarle Noelia, su novia desde hacía tres años. La pobre estaba más preocupada que él, le había propuesto quedarse esa noche en el apartamento, y hacerle compañía si no conseguía conciliar el sueño, pero Moisés pensó, que con uno que no durmiera, ya era suficiente.

Encendió otro cigarro y se sentó en el sillón individual de cuero marrón, situado frente al televisor encendido. Cambió los canales con cierto automatismo, miraba la pantalla pero en realidad no veía lo que en ella se estaba emitiendo. Dejó un programa al azar donde varias personas jugaban una partida de póquer, aunque si en ese mismo canal estuvieran emitiendo un mensaje político del líder de Corea del Norte sin subtitular, le hubiera dado exactamente la misma importancia, ninguna. Estiró las piernas sobre la mesa baja situada entre él y la televisión, apuró ansioso lo que quedaba por consumir del cigarrillo y lo apagó en el cenicero que reposaba en una mesita redonda de madera tallada con adornos arabescos situada a su izquierda, en la que también había dejado el móvil, junto con las llaves y la cartera.

Reclinó la cabeza hasta apoyarla en el respaldo del sillón, inspiró profundamente y soltó despacio el aire acumulado en sus pulmones, para relajarse. Buscó la imagen de Noelia en su aturullado cerebro, queriendo visualizar escenas agradables y así dejar que pasaran las horas ganando terreno a la noche.

Escuchó ruido fuera del apartamento, en el pasillo, cerca de su puerta. El sonido era muy parecido al que producen los tacones de unos zapatos de mujer, pero con un matiz algo más agudo…, como el “clac” seco que produce la mitad de una castañuela al chocar contra la otra mitad. Miró la hora en el teléfono móvil, las 03.15. Apagó el televisor, se levantó curioso y caminó hacia la puerta intentando no hacer ruido. Acercó el ojo a la mirilla con cierto sentimiento de culpabilidad por andar metiéndose en asuntos ajenos, pero…, ¡tenía tanta noche por delante…!

La luz del pasillo estaba encendida. El extraño sonido se  acercaba desde el lado izquierdo, desde la escalera. Por su cadencia, parecían pasos. Justo delante de su puerta vio como se paraba un hombre con una melena larga, ondulada, de color castaño rojizo con mechones ocre. El perfil derecho del rostro, que la posición de esa persona ofrecía a Moisés, dejaba apreciar una ceja cobriza muy poblada, la nariz aguileña y huesuda, y unos maxilares muy marcados adornados por una patilla fina que descendía hasta juntarse con la perilla, larga y de las mismas tonalidades que su cabello.

Desde la mirilla, la retina del ojo de Moisés descendió para seguir escaneando al inesperado visitante. Con la excitación de un voyeur… Con la seguridad que le daba el observar a alguien, que no sabe que está siendo observado.

El tipo llevaba una especie de capa negra. Moisés la recorrió hasta llegar al final de la prenda, que acababa a la altura de sus tobillos… Parpadeó… Volvió a parpadear… Notó un pequeño temblor involuntario en el ojo, un tic que mandó una especie de corriente al cerebro provocando que un escalofrío le recorriera el espinazo.

¡Pezuñas!… ¡Puta mierda! Ese tío no llevaba zapatos… Lo que Moisés vio eran… ¡Pezuñas… Pezuñas de cabra! En ese instante, el rostro del hombre comenzó a girarse hacia él, como si supiera que le estaban observando desde detrás de la mirilla. Moisés dejó inmediatamente de mirar, y se echó hacia atrás colocándose las manos sobre la cara, incrédulo.

-¡Esto no puede ser..!- Masculló. Se le escapó una risa nerviosa y continuó hablándose a sí mismo entre susurros…

-¡Demasiadas pastillas…, la falta de sueño..! ¡Dios…, creo que acabo de alucinar joder..! ¡Si… eso ha sido…, ha debido de ser sólo eso..! ¡Una… jodida… alucinación!- Pauso las palabras intentando convencerse de que todo era producto de su imaginación.

¡Clac! ¡clac! ¡clac…! El vello de la nuca de Moisés se erizó al volver a escuchar ese maldito sonido. Sus ojos se abrieron asustados, sin apartar la mirada de esa pequeña ventana en su puerta con vistas al terror. Atemorizado, se acercó de nuevo hacia la entrada, despacio…, muy despacio. Colocó lentamente de nuevo el ojo en la mirilla… Un ojo ámbar amenazante, le estaba esperando justo al otro lado, observándole.

Moisés retrocedió con el corazón desbocado. Se lanzó al interruptor situado junto a la puerta y apagó la luz del salón quedando todo sumido en una oscura penumbra. Corrió aterrado en busca del móvil, tropezó con la mesa baja y su cabeza golpeó contra el duro brazo metálico del sillón de cuero negro.

1 Comentario en Desde la mirilla 1

  1. ¡¡Por favor!!!…¿¿¿Y que pasa lueeegoo???…Esta muy interesante…

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